Réquiem

Dulcinea, mi Dulcinea, mía porque tu amor fue tan cierto para mí como el rumor del viento entre los árboles. Los árboles... esas criaturas que nos aliviaron con su sombra y aguardaron silenciosas ante los recuerdos nombrados, el fuego de las alucinaciones y esos versos y cartas que escribí para ti con migajas de ese pan sereno que nos devuelve el manar de la nostalgia.

Dulcinea, mi señora del Toboso, ya mis ojos y mi memoria de ningún modo pueden engañarme. Me duele tremendamente de morir cuerdo, atado a la mansedumbre de una cama provinciana. Morir vigilado por todos, perdonado por todos. Como si la muerte no fuera aquel castigo que fui burlando de niño; cuando escapaba, y bañándome con el polvo del camino, gozaba cada pálpito de mi sangre legendaria.

—¡Es el mar, madre, es el mar! —digo desde entonces.
—¡Qué ocurrencia! —rezonga Sancho.
Y tú, señora mía, dices:
—Es la luz y un nudo de soles.
Es la luz y la hebra que escapa.
Es la luz y la breve lámpara
que día tras día nos acompaña.

Después... después fueron las memorias,
la utilidad de los libros, los hábitos de una familia
y un pedazo de tierra sorda donde debía mandar.
Después fueron mis andanzas, la escritura de Cervantes:
mi semejante, hermano mío. Después
fue ese arco iris que página sobre página
Sancho y yo fuimos cruzando.

Pero ya nada importa, amada mía. Nada que me devuelva el más leve tufo de aventura o de gloria, me sirve para sostener este cuerpo cansado que repartiré a solas entre tantas cruces sin rostro, entre el vano perdón de los queridos y esa llanura donde tú, Sancho y el niño que fui me esperan con una tarta de mar...

—¡Es el mar, madre, es el mar! —digo, insisto.
—¡Qué ocurrencia! —rezonga Sancho.
Y tú, señora mía, niegas:
—Es la muerte, Alonso Quijano,
tu muerte, señor.

De señor me tratas porque nuestro amor es mi invención,
como invención será también el recuerdo mío.
Y el niño se oculta y Sancho se aleja y el poema comienza:
Dulcinea, mi Dulcinea,
ve por agua a la fuente,
a la fuente callada,
de guijarros luminosos.
Allá te espera la calma
para cederte el agua
que Dios devuelve
en santos aguaceros.
Dulcinea, mi Dulcinea,
ve por agua a la fuente
y deja abierta la casa,
el olor de los maderos.
Tus pechos y tus brazos
allí serán mis dédalos.
Tú y yo somos la sed
en la punta de la luz.

Y tú, señora mía, desde la otra orilla, respondes:
—Es la luz, Alonso Quijano.
La luz y el fruto estremecido.
La luz y los candiles élficos de nuestro bien.
Es el canto abierto de la sangre
y las guitarras rotas que agujerean el mar
donde guardaremos el mar y las estrellas perdidas
en el hosco soñar de los dinosaurios.
Es la grieta luminosa que describe los timbrazos del corazón.
Es la era de los soles basálticos, infinitos...
Es tu amor, Alonso Quijano, tu amor
y la inutilidad de la escritura, de todo intento perdurable.
La muerte siempre regresará con el alba,
esparcida como una flor soñada por un ángel glotón.
Sólo el amor nos salva, pero no el amor
de barcas perdidas y lucecitas tristes,
sino el amor de las sombras errantes
que fuman a solas el dolor del mundo.

Ahora la tarta guarda y enseña
el olor de todos los peces vivos y muertos.
Y en el vientre de cada pez vamos tú y yo.
Tú con tus cántaros y tus vestidos de algodón,
yo con mis pantalones cortos y mi barba.
Y la tarta es la novia del mar,
y el mar es una gota azulísima,
perdida en los parajes de la Mancha.
Y la tarta se difumina en la luz,
y la luz es el arco iris que cruza
los lindes del mar planetario.
Y el mar es la Mancha añorada,
la mano herida en la batalla de Lepanto.
Y Lepanto es el mísero dinero
que compró la injuria de Lope
y la sucia y rota dentadura
del cráneo de bronce patriarcal
por donde tú, yo y la mejor España
siempre nos fuimos y vamos.

—¡Es el mar, madre, es el mar! —digo, y mi voz ya es nube, agua.
Y tú, Dulcinea, señora mía, goteando dices:
—Es la luz y el trueno que amordaza.
Es la luz y el filo helado de la penumbra.
Es la luz enferma, enterrada...

—¡Aquí está mi templo, mujer!
¡Canta, canta, canta!
—Es luz y tu sombra azul, siervo de Dios.
Es la muerte, Alonso Quijano, tu muerte.

Y la noche, nauseabunda, huye despacio y sin mí.

Poema de René Fuentes, publicado en el libro Los gallinazos (1995, La Habana, Editorial Abril), que en Cuba recibió el Premio Abril (1994) y el Premio “Pinos nuevos” (1995).

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