“Cualquier país será mejor”

Hace un año estuvo a 300 metros de cumplir su sueño de desembarcar en costas estadunidenses. Hoy, hace seis meses que está en Montevideo, feliz por haber conseguido lo que deseó desde sus 16 años; escapar de Cuba para ayudar a su mamá.

Fecha: 17/07/2018
Autor: Carolina Ramos

Daimelys (o Dai, como se hace llamar) tiene 23 años y huyó lo antes que pudo de la isla caribeña, convencida que la realidad económica de cualquier otro país sería mejor que la del suyo. Dice no tener nada en contra del Gobierno de Cuba, sino de la forma de gobernar. “Los políticos viven muy bien y para el pueblo no alcanza”, lamenta.

Asegura que salir de Cuba es el deseo de todos sus compatriotas. Cuenta que en ningún país de la región el pueblo vive una realidad económica tan cruel. Que en el supermercado gasta lo mismo que en Uruguay, solo que el sueldo mensual que gana un trabajador promedio equivale a 900 pesos uruguayos. “En Cuba unos championes —dice Dai, que ya incorporó jerga uruguaya— cuestan 1500 pesos, como aquí. Solo que aquí no gano 900 pesos como allá, sino mucho más”. Le sorprende que en los países latinoamericanos hasta el más pobre tiene un celular, mientras en Cuba la gente deja de comer para adquirir uno.

Cuando habla sobre cómo hizo para llegar a Uruguay, cuenta hasta el último detalle. Revive cada momento de horror que sufrió para llegar a Montevideo.

Hace un año, Dai junto a su novio y un grupo de amigos construyeron una lancha, con escasos recursos y conocimientos, con el objetivo de desembarcar en costas estadounidenses. Pusieron la lancha sobre el agua y flotó.

Imagínate: hacer una lancha en un bosque atrás de tu casa, tirarla al mar, y bueno... a montarse.

Familiares que llegaron a Estados Unidos tal como ella pretendía le prestaron dinero para colocarle motor a su lancha. Noventa millas los separaban del país en el que depositaban sus últimas esperanzas. Cuando estaban por llegar, a 300 metros de la costa, los agarró la Policía y fueron deportados. Todos obligados a pagar una multa, menos Dai, porque su hermana trabaja en el Ministerio del Interior, algo que evidentemente no fue impedimento para que se largara a la aventura.

Meses después, esta vez sola junto a su esposo, decidió probar otro camino. Se trasladaron hasta Guyana Francesa, un lugar al que —al igual que Rusia— el gobierno cubano permite viajar por compartir afinidades político-ideológicas. El requisito que le exigían era presentar en la aduana una constancia de domicilio en alguno de estos dos países. Dai mostró la dirección de la casa en la que la esperaba el contacto que le prometió la cruzaría en avioneta hasta la frontera brasileña.

Cuando llegaron a Guyana Francesa la avioneta nunca apareció; debieron hacer el trayecto por tierra.

Este primer contacto, con el que Dai pensó harían toda la travesía, los derivó inmediatamente con otra persona y se desentendió de ellos. Su nuevo “coyote” los encerró en la habitación de una casa y les pidió que no salieran. A las horas les comunicó que por la mañana partirían en la avioneta. Al amanecer, les preparó un desayuno y les dijo que la avioneta tenía problemas así que no viajarían por ese medio, que lo harían por tierra en una camioneta tipo Van. Dai había pagado 1400 dólares por un acuerdo que no se cumpliría.

Ella era una de las tres mujeres que conformaban un grupo de unos 40 aspirantes a inmigrantes.

Llegar a la frontera brasileña les salió más caro de lo que imaginaron; lugareños, abusando de su susto, les hicieron pagar más dinero del que habían acordado. Pero eso fue lo menos grave. Debieron correr en madrugadas sin luna por zonas pantanosas, escuchar ladridos de perros y sirenas policiales buscándolos. Atravesaron ríos en botes cuya precariedad era aún más amenazante considerando que debían flotar sobre pirañas. Debieron intentar comunicarse con personas que hablaban francés e incluso uno de sus “coyotes” era chino.

Lo que recuerda con mayor tristeza: la Policía confiscó sus maletas. Dai y su esposo llegaron a Uruguay solo con lo que llevaban puesto y sabiendo que habían perdido para siempre la cadenita que su padre le había regalado para sus 15 años y la muñeca de trapo de la hija de su esposo. “No sabés todo lo que lloré”, dice.

Claro que volvería a pasar por esto. No me arrepiento de nada. Valió la pena, lo volvería a hacer exactamente. Es increíble lo que he ayudado a mi mamá. Ahora quiero traer a mi hermano.

En su país natal trabajó como contadora y cajera en una empresa de correos nacionales. Ahora, arrepentida de no haber aprovechado las oportunidades educativas que le dio Cuba, es empleada en un geriátrico, y está agradecida por la solidaridad con la que la recibieron los uruguayos. Lo recuerda perfectamente: el 30 de setiembre llegó a Montevideo y el 2 de octubre ya estaba trabajando.

Su sueldo, junto al de su esposo, le alcanza para un alquiler de 15.000 pesos, pagar las facturas, comer, vestirse, tener un celular y mandar remesas para su mamá.

—Yo lo critico, pero amo y extraño a mi país.

—¿Qué extrañas?

—A mi familia sobre todo, pero también la libertad con la que caminaba por la calle.

—¿Andas con miedo aquí?

-Mucho. Me dan miedo los drogadictos, esos que fuman marihuana y se les vuela la cabeza. ¡Y las armas! En Cuba nadie tiene armas, nadie, nadie. Yo aquí no ando sola, mi novio me viene a buscar a la puerta de mi trabajo. Todos los días a las 10 de la noche está aquí.

Dai no está de acuerdo con lo que le comentan algunos amigos inmigrantes, quienes le dicen que los uruguayos son personas “malas” que “no siempre tienen una sonrisa en el rostro”. Ella dice haber sido muy bien recibida; su mirada y sus gestos cuando habla del pueblo uruguayo hacen pensar que sus palabras son sinceras. Eso sí, se enoja cuando un uruguayo dice que los cubanos y los venezolanos llegan a “robar trabajo”. Defiende que si ella está hoy aquí, cuidando ancianos, es porque ningún uruguayo quiso hacer esa tarea por ese dinero.

También está ofendida con las oficinas estatales que, a medio año de su llegada a Uruguay, todavía no le han otorgado su residencia. Le argumentan que hay atraso en los expedientes porque son muchos los cubanos que llegaron, pero están agotando su paciencia de Dai, a quien también le preocupa el frío que comienza a sentirse en las calles montevideanas.

Son dos las conclusiones que Dai saca hasta el momento: Cuba está cerrada al mundo, Uruguay es un país capitalista pero está un poco atrasado.

Su sueño último es llegar a Canadá.

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Carolina Ramos

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Montevideo, 1996. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Trabajó en radio El Espectador y actualmente forma parte de VTV Noticias.

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