Por amor a su tierra: una exiliada guatemalteca en Uruguay

La puerta de la oficina entreabierta, los papeles desordenados en el escritorio, y en el baño un gran charco de pintura roja representando sangre junto a unas botas militares.

Fecha: 23/05/2018
Autor: Federico López

Esta fue la escena con la que se encontró Olga una tarde de 2009, en Guatemala. Debido a amenazas como esta, Olga se veía forzada a vivir en carne propia la complicada situación política que transcurría el país y los peligros de balancear la vida en la militancia social y política con la difícil tarea de llevar adelante una familia.

Pero dejar la militancia no era una opción viable, es todo lo que conoce. Desde sus inicios, en una pequeña aldea en Petén, está en contacto con las injusticias de la turbulenta vida política guatemalteca.

La rápida deforestación de los bosques en el norte del país, el rol de la mujer tanto en la periferia como en la ciudad, el papel importante de las iglesias, la creciente desigualdad y discriminación a la población indígena.

Esos son algunos de los problemas que describe Olga de su país natal en la sala de su actual hogar, en Minas, Lavalleja. En las paredes se pueden ver estanterías con libros, pero cuando se pregunta por su principal inspiración y referencia comienza a hablar sobre su padre, quien siempre dedicó su vida a trabajar por mejorar su comunidad a través de programas de alfabetización y evangelización, al mismo tiempo que se preocupaba por mantener la paz dentro del hogar.

¿Pero por qué Minas? ¿Por qué Uruguay? Primero que nada, eligió este país porque es el natal de su pareja, quien comparte su vocación. Minas es ese pedacito de casa que encontró en Sudamérica. Lo acogedor de la gente, las distancias cortas y —para ella lo más importante— las sierras que rodean la ciudad. Debido a que se crió en los llamados bosques de Guatemala, está acostumbrada a poder ver siempre algo en su horizonte, es por esto que no podría vivir en otra localidad del país; esas sierras le hacen acordar a su tierra.

Cuando miro hacia el horizonte y no hay nada me doy cuenta que no estoy en mi casa.

Esa misma tierra que literalmente trajo consigo en una bolsa cuando tomó la decisión de marcharse de Guatemala. Cuando le contó la noticia a la gente de su comunidad, aquellos con más experiencia le avisaron que cuando uno extraña su tierra llegan enfermedades, y el único remedio es mezclar un poco de la tierra del país con agua caliente. En eventos importantes como funerales también se debe usar la tierra en una larga alfombra blanca, que utilizan a modo de altar en la sala de estar de la casa, siguiendo la interesante mezcla del catolicismo con las costumbres milenarias de comunidades indígenas, como los mayas, que se vive en Guatemala.

Y este orgullo y memoria por la identidad es algo notorio desde el momento que uno comienza a conocer a Olga, quien al presentarse y hablar sobre sí misma detalla que se considera mestiza, parte negra y parte indígena. Aparte de las memorias de su padre realizando trabajos sociales en su comunidad, la discriminación de los guatemaltecos de ciudad hacia la población indígena —quienes hasta la fecha siguen siendo considerados como indeseables y sucios por cierto sector de la sociedad— despertó sus ganas de luchar por las causas que ella creía justas y defender a aquellos que más lo necesitan.

Tras crecer y estudiar con los llamados profesores empíricos de su comunidad, decidió ir en contra de las costumbres y dirigirse a la ciudad para comenzar básico —lo que en el Uruguay sería el liceo— y luego estudiar magisterio. Esta decisión fue muy criticada por las familias de la aldea, pero ella recuerda el apoyo de su padre, quien la defendió diciendo que como mujer sin educación no llegaría a nada, mientras que un hombre siempre puede encontrar apoyo en la sociedad cuando no le salen las cosas.

Yo tuve la suerte de vivir a unos 40 minutos de la ciudad. En Guatemala hay algunas aldeas que estaban a una hora de una ciudad y allí la escuela llegó recién por el año 2002.

Sus años fuera de la aldea coincidieron con la garantización del derecho a la huelga y las marchas en el año 1998, época en la cual fue parte de las primeras organizaciones de mujeres. La mayor parte de su trabajo fue junto a estas agrupaciones, donde se encargaban de tareas que en una sociedad como la uruguaya serían vistas como básicas, tal como alfabetizar y proveer la documentación necesaria a las mujeres de las aldeas, hasta asegurarse de que los femicidios sean registrados como tales y prevenir la trata de muchas mujeres centroamericanas que, bajo la promesa de un futuro mejor en los Estados Unidos, son llevadas a aldeas guatemaltecas donde viven una trágica realidad.

Tras años de militancia por recomendación de sus compañeras tomó un curso de estudios de género de la Universidad Nacional Autónoma de México y viajó a Costa Rica, donde conoció a su actual pareja, de nacionalidad uruguaya. Luego de visitarlo por varios años, decidieron vivir en Guatemala, para que pueda comprender la realidad política y social del país, al mismo tiempo que pudiera vivir la vida en una aldea: ella sostiene que es difícil describir con palabras, es una sensación que solo puede ser vivida.

Este fue el entorno que eligió para los primeros años de vida de su hija. Sabiendo que no era una opción a largo plazo —por situaciones como la descrita en el comienzo de la nota— ella quería que su hija sintiera lo mismo por su aldea y su familia en Guatemala, para más adelante, en el año 2011, marcharse a Uruguay para tener una vida mejor. Si bien la decisión fue difícil, lo hizo por tener la posibilidad de decidir cuándo irse, a dónde irse y poder viajar en avión, un lujo que muchos de sus compañeros no se pueden permitir.

Hoy por hoy, Olga trabaja para muchas organizaciones feministas y para el Ministerio de Desarrollo Social, aportando su conocimiento sobre estudios de género y sus vivencias en una realidad política diferente. De todos modos aún sueña con volver a su casa, donde cree que le quedan muchas cosas por cambiar; sus experiencias en Uruguay le enseñaron que el cambio que se propone en Guatemala no es ninguna utopía.

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Federico López

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Montevideo, 1996. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo

Amante del deporte y la música. Una vez terminado el liceo buscó una profesión que le permita ser creativo. Comenzó por la rama del Diseño Gráfico, pero se dio cuenta que su pasión es contar historias a través de diferentes medios.