El mejor refugio para cualquier perro

Perfil de Carlos Suárez por Nicole Descoueyte.

Fecha: 28/09/2017
Autor: Nicole Descoueyte

Carlos Suárez lleva adelante desde hace dos años y medio el refugio de perros “Ángeles en Libertad” en su propia casa en Salinas, junto con su pareja Fernanda. Esta es la historia de su lucha, un perfil elaborado por la estudiante Nicole Descoueyte.

Es cuestión de que un par de ojos caninos me vean llegar para que se desate la locura. Un perro emite un ladrido, y como si fuese por efecto contagio, sus 61 compañeros se unen a él, generando un caos de voces caninas que no cesarán hasta que se hayan acostumbrado a la presencia de un extraño en la casa.

Carlos, en su rol de mandamás, me da paso a su hogar, imponiendo tranquilidad en esa tumultuosa marea canina, cual pastor que dirige a su rebaño. Es un hombre alto y extremadamente delgado, pero muy determinado y de paso firme. Con su voz fuerte y autoritaria, va ejerciendo el control, llamando por su nombre a todos los integrantes del refugio. Todos los perros son bautizados al ingresar, y generalmente es él quien los elige. Piensa en un nombre, llama al perro de esa forma, y si él responde levantando su cabeza, como reconociéndolo, el nombre ya es definitivo.

Al recorrer el interior de la casa, resulta difícil caminar entre colchones cuidando no pisar ninguna pata o cola de perro. La casa se ve invadida por objetos de toda clase: desde antigüedades colgadas en las paredes hasta todo tipo de utensilios para los perros. Carlos, con su mandíbula dura, expresión y semblante serio, no espera a que haga preguntas, y cuenta las historias de los perros. Recuerda todas y cada una de ellas de memoria. “A este lo tenían en la Comisaría de Parque del Plata, les llegó herido”, dice, señalando a un perro que está sentado con sus patas traseras hacia adelante (ver imagen en galería). “Recibió un balazo, llegó con la cola en carne viva acá. Pero así inválido como está corre y todo. Ahora le estoy preparando un carrito para que pueda moverse mejor” dice. Lucero se arrastra con sus patas delanteras: a pesar de su accidente sigue movilizándose.

Carlos está orgulloso de una piscina que han instalado para que los perros inválidos puedan hacer su rehabilitación con hidroterapia. La misma está entre los distintos caniles instalados en el fondo de la casa para los perros problemáticos. “A Carapé, uno de nuestros perros, lo atropelló un ómnibus y estuvo dos días tirado en una cuneta. Fueron dos días clave que se perdieron para su recuperación”. Es uno de los animales que hace uso de la piscina. También destaca la presencia de pitbulls en su refugio, a los cuales se los entiende como perros de pelea cuando no necesariamente lo son. Afirma sin ningún tipo de dudas que no les tiene miedo a los pitbulls, y que por eso mucha gente se los trae al refugio.

“Sarita tuvo que ser operada”, dice con respecto a otra perra. “Se abrió los puntos de otra operación y se masticó las entrañas. Durante la operación me hizo paro respiratorio. Mientras el veterinario la operaba tuve que hacerle masajes durante una hora o más”, recuerda. Sarita, quien pudo sobrevivir a todo lo que la vida le puso por delante, tuvo tres cachorros el año pasado. Hoy continúa viviendo en el refugio. Solo ha sido posible este tipo de intervenciones gracias a Juan Pedro Bottino, veterinario, que solamente les cobra los materiales, y está a disposición para resolver cualquier situación que se presente.

Carlos tiene tantas historias de tragedias que ha pasado junto a los perros que resulta difícil recordarlas todas.

A pesar de que Carlos siempre va a intentar mantener vivos a sus animales, reconoce que ha tenido que tomar la dura decisión de sacrificar a un perro. “Hay que saber cuándo tomarla”, dice respirando profundo y con la frente en alto.

La identidad del refugio se compone de muchas vidas maltratadas. “Nosotros acá tratamos de dejar atrás la vida que llevaban, de darles lo mejor”. Gran parte de los animales que ingresaron al refugio, lo hicieron heridos, enfermos, completamente descuidados y abandonados. Desde animales atropellados, con algún hueso quebrado, hasta una perra que era violada por un hombre.

Al tomar asiento, muchos perros se me acercan e intentan subirse a mi falda. Debajo de la mesa se ven incontables cabezas, colas y patas, por lo que es difícil definir cuántos perros duermen allí abajo, acurrucados entre ellos. Carlos se toma muy en serio las jornadas de castración que se organizan, pero está en contra del activismo extremista. “Si castráramos a todos los perros podríamos eliminar una raza completa, o incluso todas las razas”. No repara en demostrar todos sus conocimientos, adquiridos “con las manos en el barro”. No tiene estudios específicamente en veterinaria, pero ha aprendido mucho relacionándose con el mundo canino: tiene conocimientos de manipulación genética de animales, por ejemplo.

Entre tantas anécdotas e información, intento llegar al origen de todo esto. Carlos dice, tímidamente, que siempre le gustaron los perros, pero por muchos años tomó el camino del silencio. Todo empezó con el rescate de unos cachorros que encontró en Marindia muchos años atrás, los cuales dio en adopción. Algo se movilizó en su interior desde ese día.

Enterarse que había gente que vivía de los refugios de animales fue el punto de inflexión para Carlos y su pareja, Fernanda. Decidieron hacerse voluntarios en un refugio, del cual se decía que la dueña se quedaba para uso propio con el dinero que iría destinado a los perros, y que además había malos tratos. “La mujer (dueña del refugio) tenía varias enfermedades en la casa: desde parvo virus a joven edad. Los cachorros que tenía se le morían. Las vacunas que se le conseguían las vendía a vecinos del barrio”, explica Carlos, recordando aquella etapa de su vida. Cuenta que fue dos veces y no pudo soportar más ver la situación en la que se encontraban aquellos animales. “Fernanda se siguió moviendo. Discutimos mucho por el tema. Pero ella consiguió registro de todo lo que pasaba en ese lugar. En noviembre de 2014 el Municipio de Barros Blancos cerró el refugio por malos tratos”.

El día en que las autoridades decidieron sacarle a este refugio los animales que tenía a su cargo, Carlos y Fernanda se vieron ante una decisión que cambiaría sus vidas. De todos los perros del refugio que se quedarían sin un hogar, Fernanda logró rescatar a 15 de ellos. “¿Qué hacemos?”, fue el primer planteo. “Y bueno, traelos para casa. Después vemos”, respondió Carlos en aquel momento. Sonríe cuando termina de decir esa frase, y sus ojos quedan muy pequeños en su rostro. Ese “después vemos” terminó siendo lo que son hoy: el refugio “Ángeles en Libertad”, hace dos años y medio.

El proceso de crecimiento fue como una bola de nieve: “la gente te va pidiendo ayuda y siempre algún lugarcito hacés por un perro”, dice él, reconociendo que hoy en día prestan atención sobre todo a los casos más críticos. Según los cálculos de Carlos, han ingresado al refugio un total aproximado de 80 perros. A todos esos animales se suman los aproximadamente ocho que son de ellos y no están en adopción. A pesar de todo esto, Carlos mantiene los pies sobre la tierra en algún punto: su refugio de perros fue abrir las puertas de su casa. No hay espacio para todos los perros que pueda rescatar. Tampoco “les dan los cuerpos” para más ingresos.“La gente no piensa, te traen a los perros y se enojan si no los aceptás. Somos un refugio, pero no tenemos la obligación de recibir a cualquier perro que traigan”, dice Carlos indignado. “Y muchas veces gente llena de guita. Nosotros a veces no tenemos ni 20 pesos para comprar un litro de leche”, interviene Fernanda.

El trabajo permanente de Carlos es el refugio. Ni él ni su pareja tienen un trabajo fijo en el momento. “Esto es un laburo de 24 horas. Siempre estás pendiente de la comida, de los desechos, de que se no se peleen o se lastimen, de los ruidos por los vecinos”, dice. Si bien sus vecinos en general se solidarizan con el refugio, no todos ven la situación de la misma manera. Carlos monta en cólera cuando recuerda que uno de sus vecinos les hizo una denuncia recientemente por ruidos molestos. Se ve satisfecho con que la policía no encontró ningún problema al visitar el refugio, y que por lo tanto esa denuncia no pasó a mayores.

Fernanda hace hincapié en que debe levantarse incluso de madrugada a atender a los perros. A pesar de esto, ambos plantean que la parte más difícil se remite a la respuesta de la gente: algunos golpean la puerta de la casa en cualquier horario, a veces solamente para conocer a los perros.

—Me imagino que siendo esto un trabajo de 24 horas, habrán dejando muchas cosas de lado…
—Todo dejás de lado —dice Carlos— Familia, amigos, todo.
—Hasta la relación de pareja se complica. Somos conscientes, tratamos de remarla —Fernanda desvía la mirada. Se hace un silencio por unos instantes, donde solamente se escucha el informativo en la televisión de fondo.

Carlos no habla de su trabajo directamente. Trabajaba en un supermercado en el horario nocturno, pero no hace referencia a eso. Ha trabajado anteriormente en la construcción, y actualmente recibe ingresos de trabajos puntuales vinculados a eso. Fernanda es más sincera y abierta: “Yo dejé de trabajar primero porque me enfermé, después porque nos llenamos de perros, después porque siempre para ir a Montevideo tenía una excusa diferente. Estaba cansada de llegar a las 9 de la noche y tener que seguir con los perros. Al otro día a las 6 de la mañana lo mismo”. Fernanda, tan delgada que parece que va a desarmarse, afirma “esto no es vida”. Para ambos, en muchos casos, este trabajo implica hacer menos comidas al día, comer apurados o a escondidas de los perros.

El asunto económico es muy fluctuante. Tienen una cuenta en Abitab, pero “nunca sabés si las personas depositan, cuándo lo hacen, cuánta cantidad. Por eso tratamos de manejarnos por ventas en la feria, cosas que nos da la gente para vender o productos nuestros como tazas, alcancías, remeras”, explica Carlos, afirmando que la parte difícil de lo que hacen es idear distintas maneras de conseguir ingresos. En verano de este año realizaron una jornada en la ruta para recaudar fondos, y Carlos dice que la gente ha colaborado. A pesar de todo esto, los resultados no son esperanzadores. “Los recursos hay sacarlos de abajo de la piedras. Solo en comida son 25 o 30.000 pesos por mes. A eso sumale vacunas, atención veterinaria, si a alguno le pasa algo, si hay que operar”. Hace muy poco tiempo han logrado salir de una deuda de 14.000 pesos solamente en comida para perros.

Carlos y Fernanda esperan la personería jurídica para que la Intendencia de Montevideo les otorgue un terreno amplio para edificar y tener a los perros con mayor comodidad. Pero esto solo sería una solución en cuanto al espacio que estos animales necesitan.“No estamos cómodos. El que viene acá y fue a otro refugio te dice que estamos precarios”, dice Fernanda. “Sí, pero mirá que ningún otro tiene piscina”, dice Carlos con una sonrisa.

—El pueblo no nos paga para que nosotros tengamos a los perros, pero ¿te imaginás lo que serían las calles si no existieran los refugios?— dice Fernanda.
—Lo solucionan matándolos a todos como quieren hacer en Salto. La solución es la perrera, como se hacía antes. Pasaban tres días ahí, y si nadie pasaba a reclamarlos los metían en cámaras de gas o los inyectaban — dice Carlos, frustrado.

Hoy en día en Uruguay existe una superpoblación de perros.

Un 67% de los hogares del país tiene a su cargo por lo menos uno de los 1,7 millones de perros domésticos de los que se tiene registro, según un estudio realizado por la Comisión Nacional Honoraria de Tenencia Responsable y Bienestar Animal. Por esto es que el Ministerio de Ganadería pretende implementar un registro electrónico obligatorio y control de natalidad, como un intento de paliar dicho problema, buscando controlar la cantidad de perros callejeros que existen, y visualizando que los refugios de animales no dan abasto.

Carlos, ante todo esto, ve un problema importante en la mentalidad de nuestra sociedad: se adopta o se compra un perro y después se abandona. Habla sobre proyectos que mejorarían la calidad de vida de los animales. “Hay una ley, pero no se cumple. ¿Por qué no se cumple? Porque ni los jueces, ni los fiscales, ni la policía están capacitados para hacerla cumplir, y menos para cambiar la cabeza. Lamentablemente el uruguayo se modifica a la fuerza”, expresa sin que la duda asome entre sus palabras y con mucha seriedad. Carlos no cree que la prisión sea la pena más efectiva para el maltrato animal: piensa en penas sustitutivas, como por ejemplo cumplir la misma cantidad de horas que el individuo pasaría en la cárcel colaborando en un refugio. “Si maltrataste a un animal, aprendé la lección viviéndola desde adentro”, dice con dureza. “Capaz que a nosotros nos ven como que estamos mal de la cabeza por querer humanizar un poco al perro. Pero no es eso, es darles el lugar que se merecen, que necesitan”.

En el refugio se toman muy en serio la adopción responsable de los perros. Buscan reducir la cantidad de animales en su refugio, porque es cierto que el espacio no es suficiente, pero a la hora de solicitar a un adoptante la devolución de un perro al refugio, Carlos lo hace con gran autoridad. “El proceso de dejar ir a un perro es difícil. Los tenés acá las 24 horas, y cuando se los llevan pensás: ¿los van a tener bien? ¿Les van a dar de comer? ¿No les va a faltar nada? Cuando das un animal pretendés que lo tengan mejor de lo que lo tenés vos”, dice.

El único aspecto que reconoce que les falta a los integrantes de su refugio es mayor atención para cada uno, que es imposible de cumplir teniendo 61 animales a su cargo. A pesar de ello, a la hora de dar en adopción a un perro, Carlos tendrá siempre un ojo sobre él: pasa por la puerta de su nuevo hogar, presta atención al Facebook de su nuevo dueño. No se queda tranquilo con haberle conseguido una familia al animal. “Hay casos en que les das al perro y después se olvidan que lo tienen. Piensan que no son responsables, pero lo son hasta que ese perro se muera. ¿Cómo podes ser tan alma podrida, sangre fría de decir que el perro no te interesa?”. Termina de hablar y solo puedo mirar a la perra Zoe, que se subió a mi falda y durmió conmigo durante quién sabe cuánto tiempo.

Critica duramente a otros refugios que se jactan de dar en adopción a muchos perros, que luego terminan siendo abandonados u olvidados por sus nuevas familias. Se enorgullece de su forma de hacer las cosas, de cómo cuidan a los perros.

—Cuando venís creciendo, la gente de arriba siempre te va a querer tapar —afirma Carlos.
—¿Qué creciendo? En los me gusta de las fotos nada más, andá a fijarte en la cuenta de Abitab si venimos creciendo — responde Fernanda.
—Estamos creciendo igual —dice—Haciendo las cosas bien crecés. Los que hacen las cosas mal te quieren partir las piernas—. No menciona a quienes se refiere. Prefiere no hacerlo.

¿Realmente vale la pena pasar por todo esto para poder tener este refugio? Carlos no me deja terminar la pregunta para responder que sí, que lo vale completamente. Ver la evolución de los animales que arribaron heridos; llegar al hogar y que lo reciban como si hubiesen pasado un mes sin verlo es lo que le genera mayor satisfacción. “Alguien tiene que hacerlo, nos tocó a nosotros. ¿Por elección? Sí, por elección. ¿Por fortuna? Sí, un poco por fortuna, porque no creo que ninguno de los dos pensamos en ningún momento dedicarnos o hacer esto más de lleno. Ves en la gente el agradecimiento porque lo estás haciendo vos, porque ellos no pueden o no se quieren comprometer”, dice con orgullo.

Se percibe la satisfacción de los dueños del refugio por ayudar a alguien indefenso que no reclama pero agradece. Al alejarse el bullicio disminuye, pero Carlos y Fernanda permanecen sumidos en las tareas que nunca acaban.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Fuente y Palabra, un proyecto compartido por estudiantes de Periodismo, donde se publican desde noticias hasta entrevistas de distintas temáticas.

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Nicole Descoueyte

twitter.com/nicoledesc7

fuenteypalabra.blogspot.com.uy

Montevideo, 1996. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Empezó la Licenciatura en Comunicación con la cabeza fija en seguir Publicidad, pero al avanzar en la carrera se dio cuenta que la escritura es su campo, por eso eligió Periodismo. Interesada sobre todo el en área cultural y social, le gustaría combinar el arte con el Periodismo y seguir desarrollando su lado creativo.

Escribe para el blog Fuente y Palabra, un proyecto compartido con sus compañeros de Periodismo, donde se publican desde noticias hasta entrevistas de distintas temáticas.

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