La verdad periodística es siempre cuestionable y a veces no resiste

Acerca de la tesis académica de Martín Tocar.

Fecha: 11/12/2018
Autor: Daniel Mazzone

Sorprendido por las repercusiones de un artículo sobre la tesis de Martín Tocar, que tuve el gusto de dirigir, me decidí a participar, no porque me interese en particular esta polémica tal como está planteada, sino precisamente, porque entiendo que puedo aportar un punto de vista que no ha sido abordado y que quizá contribuya a esclarecer el fondo del asunto.

Lo primero que hay que decir es que se trata de una tesis académica; no es una investigación periodística propiamente dicha. Es decir, no se propuso establecer si hubo o no niños que comían pasto en 2002. La hipótesis no estaba centrada en ese punto, sino en cómo y a través de qué mecanismos se había sostenido en el tiempo (16 años), una especie para la cual las evidencias aportadas no eran suficientemente claras.

Es decir que se trata de una tesis sobre la forma en que la sociedad uruguaya, con el rol protagónico del periodismo uruguayo, erige sus verdades. Si colectivamente se evalúan las propuestas de verdad, si se las cuestiona o no y de qué forma se termina validándolas, si por omisión o por escrutinio más o menos riguroso.

Es decir, es una tesis que se preguntaba qué hacemos los uruguayos con la verdad periodística.

La primera comprobación

El primer punto a despejar era verificar las evidencias. Determinar si la información de que hubo niños que comían pasto en 2002 se basaba en datos, y si estos eran confiables o no. O sea, en este caso –y digo en este caso porque no en todos los casos de investigación académica lo es- era necesaria la investigación periodística.

Es decir, verificar si había datos confiables respaldando la especie de que había niños comiendo pasto en 2002, constatar si estábamos realmente ante una noticia. De no haberlos, la especie no podía caracterizarse de noticia. ¿Por qué era tan importante este paso intermedio? Porque para merecer la categoría de noticia, toda información debe basarse en hechos comprobables. Y en este punto hay una complejidad inicial que no todos los lectores conocen: la noticia y los hechos son dos planos y momentos diferentes. Es por eso que en una sociedad abierta –no es así en las sociedades totalitarias- hay tantas versiones de los mismos hechos, porque no todos los periodistas, ni los editores, ni los medios, perciben los hechos del mismo modo. Y la sociedad democrática reposa sobre la idea de que todas las voces puedan expresarse libremente. Después, llegará el juicio de las audiencias (lectores, televidentes, radioescuchas) que castigarán al que exagera o miente y premiarán al que informa con rigor.

Para despejar esa primera interrogante hubo que ir a los hechos, a escrutar, con el mayor rigor posible, las evidencias que sostenían la información de los periodistas que lanzaron la especie.

El resultado fue que no hubo ninguna voz autorizada (periodistas, maestros, médicos, padres, funcionarios) que hubieran presentado una prueba de que lo que sostenía el primer artículo –que había niños que comían pasto- así hubiera sido. Tampoco las informaciones publicadas exhibían evidencia alguna.

Es decir, la propia información inicial era desprolija, no estaba debidamente fundada y no exhibía pruebas irrefutables de lo que afirmaba. En este punto se puso especial énfasis, porque era clave para el curso posterior de la investigación. De modo que una vez agotadas las posibilidades de encontrar evidencias que sostuvieran la especie, se pudo arribar a la conclusión de que no se trataba de una noticia.

Ninguna información que no esté sostenida en hechos entra en el género noticia. Fue la primera comprobación. Así es como funciona el periodismo. Como no hay censura previa, cualquiera que esté legalmente habilitado para informar puede publicar lo que desee. Y esto es lo que parece haber ocurrido en 2002. Un diario publicó una información que lesionaba profundamente al gobierno de turno, que lesionaba la imagen del país y funcionó como verdad durante mucho tiempo. En definitiva todo depende de lo que toleren las audiencias. Una propuesta de verdad puede funcionar como tal, mientras nadie demuestre lo contrario.

Cuando un nuevo factor cambia la historia

A menudo las informaciones, cuando no se las somete a la comprobación exhaustiva, es decir, cuando no se las cuestiona debidamente, quedan flotando en una suerte de limbo habitado por el “yo creo” o “yo no creo”, que es el ambiente ideal para el florecimiento de todos los virus ideológicos de uno y otro signo y sobre todo para el habitual chicaneo político partidario.

La sociedad parece estar habituada a que muchos acontecimientos o procesos acerca de temas relevantes, no se terminen de saber y/o comprender del todo, precisamente porque se diluyen en una nebulosa que no se aclara. Las causas de que esto sea de este modo, son profundas y complejas y no vienen a cuento en este caso, pero es un problema que nos afecta y mucho.

Lo cierto es que el caso de “los niños que comían pasto”, una especie que había funcionado como verdad, y por tanto como noticia durante 16 años, fue puesto en cuestión un día cualquiera, en un seminario de tesis de estudiantes de periodismo.

Empezaba a ocurrir un fenómeno inusual. Un estudiante se plantea introducirse en un tema espinoso. Toma el riesgo de formularse las preguntas más profundas y, por tanto, tocar los nervios sensibles de la construcción de sentido. Alguien escogía entrar a la profesión por una de sus puertas complejas.

Son temas en los que vengo trabajando e investigando hace años y sobre los cuales he publicado artículos y libros académicos. Alenté la iniciativa. O sea, hubo un factor que cambió las rutinas académicas: un estudiante con talento, ambición intelectual y capacidad de desafío ante el riesgo, decidió ir a ver qué ocurría en el lado oculto de la luna: qué hacemos los uruguayos con la información, con aquella que se nos ofrece y con la que se omite.

Los pasos que atraviesa una investigación académica

Un seminario de tesis lleva tres meses para pensar, estructurar las interrogantes centrales, formular las hipótesis, fijar los objetivos y diseñar la investigación que conducirá a probar o desaprobar las hipótesis.

Luego de esos tres meses, el estudiante dispone de otros dos meses y medio para terminar de delinear su propuesta de investigación.

Con ese producto, presenta su anteproyecto que, una vez aprobado, abre un proceso de investigación de unos 6 meses, al final de los cuales lo evalúa un tribunal. El proceso de elaboración lleva aproximadamente un año.

Puedo testimoniar todo el trabajo que realizó Martín, desde que su tesis era apenas una idea invertebrada, hasta que culminó en el anteproyecto, para luego pasar a la fase de investigación que terminó en el trabajo final. Lo acompañé en todos sus tramos y me consta que realizó un trabajo riguroso y encomiable.

En definitiva, la versión de “los niños que comían pasto” no era real ya que nadie consiguió probarla, ni en 2002 ni ahora en 2018. Como se emitió en medio de una situación crítica como la de aquellos años, contenía un grado de verosimilitud que le confería una cierta credibilidad. Sin embargo, lo verosímil no habilita a ningún periodista a proponer una especie como si fuera una verdad. Sólo los hechos, los duros y comprobables hechos habilitan a sostener una noticia.

De la “noticia” al mito

Ahora bien, no todas las especies verosímiles llegan a transformarse en mito, es decir, a prolongar su permanencia en el tiempo para seguir funcionando como “verdades” aun cuando no lo sean. Se necesita otro factor o si se quiere, una cadena de factores que realimente la especie a lo largo del tiempo para realizar la operación desinformante.

Se requiere, ni más ni menos que personalidades relevantes de la sociedad, referentes de vastos sectores del público y legitimados por éste, tomen la especie y la reaviven cada tanto.

Para el caso, “los niños que comían pasto”, el “Uruguay en que se comía pasto”, son expresiones que poseen en sí mismas la potencia comunicacional del eslogan. Dicen mucho y sugieren muchísimo más. He ahí la peligrosidad de las especies que funcionan como verdades sin serlo. Porque cuando esa especie es agitada por personalidades creíbles, vastos contingentes de ciudadanos no se detienen a verificar si lo que se dice es verdadero, si está fundado o no. Simplemente creen, no ya con ingenuidad, sino con la confianza que tales personalidades se han ganado como referentes de esas mismas multitudes.

A veces es difícil de entender por qué recurrir a un material polémico para ilustrar un momento histórico que de por sí fue angustiante y dramático para todos los uruguayos. Podrían crearse muchas metáforas de idéntica potencia a la de “los tiempos en que se comía pasto”. Sin embargo, por alguna razón que no es del caso escudriñar ahora, se opta por promover el mito.

Y éste es el verdadero hallazgo de la tesis de Martín. Lo que hacemos los uruguayos –profesionales o no– con la información es bien pobre. Porque si bien es verdad que no todos los medios se hicieron eco de la especie, también es verdad que no se la cuestionó. Y ha tenido que ser la academia, una tesis surgida de una cátedra de Periodismo, la vía para poner esto de manifiesto. Y esta si que es una verdad atendible. Una verdad con la que deberíamos hacer algo. Me refiero a algo más que despotricar o golpear al mensajero.

A nuestros periodistas en ORT los formamos para que sean capaces de tomar riesgo. Ha sido para nosotros un orgullo que Martín Tocar haya asumido uno de los riesgos más profundos, el de internarse en las complejidades de una sociedad a la que como veinteañero recién llega, e indagar sobre las formas históricas que ella ha construido para administrar el sentido de sus verdades.

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Daniel Mazzone

danielmazzone.com

twitter.com/mazzoned

Magíster en Periodismo por la Universidad de San Andrés (Buenos Aires). Fue Catedrático de Periodismo Digital y Coordinador Académico de Periodismo y Contenidos Digitales de la Universidad ORT Uruguay, así como integrante del Comité Editorial de la Revista Inmediaciones de la Comunicación de la Universidad ORT Uruguay y del equipo de redacción de la Revista Diálogo Político de la Fundación Konrad Adenauer.

Autor de los libros de cuentos Primer bando (1986), Custer y Bernabé en el País del Urú (1988), Jam Session en la Posta del Ángel (1990), Desamores (1993); los ensayos Desenfocados (2005), Hispanoamérica: interpelación a los fundadores (2011), además de Huffington Post vs. New York Times ¿Qué ciberperiodismo? (2012), Cibermedios y lectores en busca de un modelo (2013) y Máquinas de mentir. “Noticias falsas” y “Posverdad” (2018).

Fue editor de Internacionales en los diarios La República, El Día y El Observador, y editor periodístico de El País digital desde fundación hasta el año 2005.

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