Parte del paisaje

Algunos apuran el paso para llegar al semáforo en 18 de Julio, casi en la Plaza Independencia. Otros marchan rápido por el frío. Es un día gris de invierno en Montevideo. Son las 14:30 y hay 12 grados. Y todos pasan como zumbando alrededor de Ángel Solano Sarmiento, un veterano que camina muy lento, dando pasos pequeños.

Fecha: 21/10/2019
Autor: Ramiro Pisabarro

Los restos de tuco de alguna comida reposan sobre su poblado bigote canoso. En su zapato derecho, carcomido por el uso, tiene pegado un pedazo de fideo. Huele a vino y disimula la botella en el bolsillo de la campera. Habla pausado.

A sus 60 años de edad, sabe muy bien que porta los apellidos de dos presidentes —el paraguayo Mariscal Solano López y el argentino Domingo Faustino Sarmiento—. Es ecuatoriano, oriundo de Cuenca, una provincia al sur del país, y está en Uruguay desde 1992. Cuenta que en su vida fue marino y recorrió el mundo. Asegura que habla muchos idiomas, entre ellos alemán, del que se vale para “hacerse unos mangos” cuando llegan los turistas germanos. Dice que los marineros al desembarcar en el país también son gentiles con él y que conoce a muchos de sus pasadas andanzas por el mar.

Solano Sarmiento vive en la calle desde hace dos años. Las noches las pasa en el refugio del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) ubicado en Paullier, cerca del Shopping Tres Cruces. Cuando hay suficientes monedas, dice, se mueve hasta allí en ómnibus; sino, camina. Da gracias por los refugios y cuenta que cuando él vivía en Ecuador “los negros dormían en la calle”. Aun así, se queja que no lo dejan pasar si llega “muy mamado”.

Cuenta que dependiendo de cuánta plata consiga, toma de dos a tres litros por día. Asegura que no consume drogas, aunque admite que de joven le gustaba la marihuana y la “pasta”.

En Montevideo hay 33 centros nocturnos habilitados que hospedan a personas sin hogar. Los cupos de los refugios varían entre 20 y 45 personas, según las capacidades del lugar.

Según el relevamiento realizado por el Mides en abril de este año, hay 2038 personas en situación de calle. De este total, menos de la mitad —935— duerme en refugios. Los restantes 1043 pasan la noche a la intemperie.

Son las tres y media de la tarde. La temperatura comienza a descender hacia los 11 grados. Al costado de la Plaza Fabini un hombre y una mujer duermen sobre dos cartones que hacen de colchones. Ambos se acurrucan debajo de nailons y hojas de diario.

Más adelante, en la Plaza Cagancha, una pareja ocupa un banco con sus pertenencias. Sus propiedades son un bolso y dos bolsas de plástico llenas.

La mujer come un yogur, el hombre fuma un porro. De vez en cuando, le tiene que pedir el encendedor porque se le apaga el cigarro. Él, con la voz áspera, dice que es por el frío. Más de una vez deja de hablar para toser con violencia.

—¡Cómo una mujer va a quedar afuera! —protesta el hombre respecto a la noche pasada, cuando no consiguieron entrar a un refugio—. ¡Una embarazada!

El hombre muestra la panza de su pareja, que sigue comiendo su yogur en silencio.

—A los del Mides hay que darles una patada en la cabeza —repite el hombre entre la tos y las pitadas.

Ninguno de los dos quiere dar su nombre.

En la explanada de la Intendencia, en una esquina detrás de la estatua de David por la que no circulan transeúntes, duerme una mujer estirada sobre un banco. Dos hombres de pelo canoso tienen la mirada perdida y no emiten palabra. Martín Israel y Alejandra Acosta comparten un banco, mientras que Julio Sibes conversa con ellos sentado en unos escalones. Entre los tres hacen girar un porro, mientras que Israel oculta una petaca debajo de su saco gastado.

—Martín, ¿cómo es pasar el día acá?

—Precioso — responde sin dudar con una sonrisa.

El hombre hace comentarios a cada rato. “¡Qué negra preciosa!”, dice y toma la mano de la mujer. Ella se ríe. “¿Sabés cómo la quiero a esta negrita?”.

Ella tiene 39 años, es afrodescendiente y oriunda de Cerro Largo. Dice que vive en la calle desde los 10 años. Pernocta a la intemperie: tiene un colchón sobre el que duerme en la calle Santiago de Chile.

Según el censo del Mides, una de cada 10 personas en situación de calle son mujeres. Ella es una de esa estadística.

—Viniendo de Cerro Largo, ¿cómo terminaste a tus 10 años en las calles de Montevideo?

—Mi papá me pegaba —confiesa Acosta.

Tanto Acosta como Sibes recriminan al gobierno, dicen que le presta más atención a los extranjeros que a ellos, uruguayos. “No puede ser que salgan más a flote que nosotros”, protesta Sibes.

Él tiene 39 años de edad. Por las noches duerme en un refugio del Mides ubicado en Lima y Batoví. Cuenta que vivir en la calle es “infrahumano”. Una de las desventajas que encuentra es la exposición a la lluvia. Cuando lo agarra un diluvio en la calle, piensa: “¿para qué mierda vine a este mundo?”. En esos casos no hay otra alternativa que secarse caminando.

También es un problema ir al baño. Sibes cuenta que la única manera es ingresando a baños de comercios —que en ocasiones no les permiten el paso— o si agarra una cuadra vacía.

—¿Qué es lo que más necesitás en este momento?

—Una propuesta de trabajo.

—¿Más que un plato de comida?

—Sin duda —sostiene Sibes.

Él almuerza en un merendero en Barrios Amorín y ella cena en el refugio. Ella come con los pesos que logre juntar y con la ayuda de actividades de voluntariado, como las prestadas en las noches por el Colegio Seminario, iglesias y otras organizaciones. Para saciar el hambre durante el día, toman mate y fuman, y gran parte de las monedas recolectadas cuidando coches son destinadas a la compra de yerba.

Tres semanas después, en el mismo lugar, Israel y un compañero siguen allí, escuchando la radio detrás de la estatua de David. Sus manos arrugadas sujetan una pequeña botella de Coca Cola con vino.

Dos agentes policiales, hombre y mujer que no superan los 40 años, se acercan por la explanada. Primero se detienen junto a un hombre que descansa en el banco al lado de Israel, arropado hasta la cabeza con una manta y con las piernas estiradas.

—¡Ah! —exclama la policía— ¡Pero este quiere que lo corra!

La mujer despierta al hombre, que aún no se ha percatado de la presencia de los agentes. Le explica con voz firme que “así” como se encuentra no puede estar, ya que está “en la Intendencia”.

—Esto también es nuestra realidad —susurra Israel para un costado, mientras aprecia de reojo la escena de al lado.

Los dos agentes reparan ahora en él y su compañero.

—Usted ya sabe que eso no puede estar acá, en la Intendencia —repite la mujer policía con firmeza—. Ese vino no te lo saco porque es lo único que tenés. 

Tras la reprimenda, los dos policías se alejan. Israel y su compañero levantan sus cosas. La manta. Una rueda de bicicleta sin cubierta. La caja de vino. 

La inmensa mayoría, el 94% de las personas en situación de calle, trabaja en condiciones de informalidad, según el censo del Mides. El 60% percibe ingresos por cuidar coches.

Son las 17.30 horas y sigue el frío. En otro tramo de 18 de julio, en la Plaza de los Treinta y tres Orientales, Brian Rodríguez, Lourdes Carpinelli y Sebastián Arévalo comparten galletas saladas y mates. Al costado del banco donde están sentados, tienen sus pertenencias agrupadas en bolsas de plástico. Carpinelli y Rodríguez son pareja, con dos hijas en común —Belén y Romina—. Arévalo usa unos lentes redondos, con cristales gruesos que hacen que sus ojos parezcan dos pequeñas canicas.

Los tres pasan las noches en refugios distintos. Durante el día se dedican a cuidar coches, sin una ubicación fija. Sus ingresos consisten en las propinas. Con la plata juntada, acostumbran comprar galletas y yerba para el mate que comparten.

—Si en la parada sacás $400 o $500, ya no van más las galletas —explica Arévalo—, ahí vas a la panadería.

Con sus 37 años de edad, es el más veterano de los tres. Arévalo reflexiona en torno a la población en situación de calle. Dice que hay dos mentalidades: “De lunes a jueves, cabeza de laburo; de viernes a domingo, cabeza de joda”. Cree que los problemas surgen con “la joda”, cuando se tiende al consumo de sustancias y a la violencia.

—Consuma lo que consuma, mi personalidad tiene que ser la misma: compañero, amistoso —sostiene.

Los tres aseguran que no consumen drogas.

De acuerdo al relevamiento del Mides, el 83% de las personas en situación de calle declaran consumir alguna sustancia. Más de la mitad —59%— son consumidores problemáticos.

Sentada junto a la entrada al Instituto Nacional de la Juventud (INJU), una señora habla sola. Gesticula con naturalidad tal que pareciera que de verdad tiene a alguien escuchándola. A su alrededor, decenas de peatones circulan para un lado y para otro. Junto a ella, hay dos bolsas de tela donde guarda sus pertenencias.

Más adelante, en la Plaza Silvestre Blanco, cinco hombres comparten el vino entre dos botellas de plástico recicladas.

—Yo soy Miguel Da Luz— se presenta uno de ellos—. Anotá esto: firmo una vez por semana en la novena.

Se refiere a la Seccional Policial novena de Parque Batlle. Sin embargo, Da Luz se niega a dar el motivo.

Junto a él está Javier Berruti, de 45 años. Dice que vive en la calle desde hace un mes, y que está buscando trabajo. Mientras tanto, duerme a la intemperie, en la entrada al Banco Itaú. Cada mañana lo despiertan cuando llegan para abrir el banco.

Dice que durante el día, come en el merendero de la avenida Comercio y junta plata cuidando coches a la salida del restaurante Don Koto, en Colonia y Gaboto. “La noche es lo peor”, declara. Tomar alcohol, dice, ayuda con el frío.

Los cinco hombres aseguran que salieron en programas periodísticos. “El otro día había gente con cámaras”, dicen. Uno de ellos —que prefirió el anonimato— comienza a enojarse, con la voz ronca y vocalizando con la boca adormecida por el vino.

—¡Preguntale a ella! —exclama mientras señala a una mujer que acaba de subirse al auto—. ¿Por qué nos preguntás a nosotros? ¿Somos ratones de laboratorio?

Sus compañeros lo rodean para calmarlo.

—Andá antes de que se enoje— sugiere uno en un susurro.

Son las 18:30 en 18 de Julio. Ya está oscuro y húmedo. Las veredas están atestadas de peatones que circulan de un lado a otro. Es la hora de salida de muchas personas. La temperatura ha descendido a los 10º. La gente camina abrigada y con apuro.

Se viene la noche.

Algunas cifras

2038 personas viven en situación de calle en Montevideo, según contabilizó el Mides en el relevamiento de abril.

304 personas más que en 2016.

1043 pernoctan a la intemperie.

935 pasan la noche en refugios.

33 son los centros nocturnos habilitados por el Mides en Montevideo.

Ramiro Pisabarro

Ramiro Pisabarro

Montevideo, 1999. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Cautivado por temas sociales e interesado en la escritura, decidió estudiar para ser periodista. Participa en el programa Vale la pena, cedido por Radio Oriental a jóvenes salesianos. También integra el equipo de redacción del Boletín Salesiano, realizando entrevistas a personajes vinculados al ámbito.

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