Basura en reproducción

La Intendencia de Montevideo (IM) calcula que hay 185 basurales esparcidos por todo el departamento, en especial en las zonas más periféricas y rurales. Responsabilidad de empresarios y comerciantes, actividad de clasificadores y falta de contenedores son las hipótesis de activistas sociales y de la comuna para explicar los focos de basura.

Fecha: 25/11/2019
Autor: Diego Feldman y Ramiro Pisabarro

Foto: Diego Feldman y Ramiro Pisabarro

El cartel oxidado y maltratado por los años expresa: “Prohibido arrojar residuos. Multa de 2 a 350 UR”. A su alrededor, el suelo está cubierto de basura. Hay bolsas de todo tipo, botellas, recipientes de detergentes, trozos de plástico, papeles, pedazos de relleno de espuma picada, algunos restos de podas.

Se trata de un terreno baldío, ubicado entre Camino Domingo Arena y Elsa Menéndez, pleno barrio Jardines de Instrucciones. La cuadra está enmarcada por senderos de pedregullo a los costados y un asentamiento en el otro extremo.

Es un basural endémico que, con mayor o menor tamaño, es uno de los 185 que hay en Montevideo, según datos de la IM. Ángela Reyes, vocera de la División Limpieza de la comuna, explicó que los basurales son “sitios donde se arrojan residuos de manera ilegal y reiterada”. Es endémico cuando, una vez que ha sido limpiado, “vuelve a ensuciarse nuevamente”, dijo Reyes a In Situ.

La intendencia creó en 2016 un Centro de Monitoreo, que está encargado de hacer seguimiento a los sitios donde se arroja basura de manera ilegal. Su objetivo es ejercer un monitoreo que, a largo plazo, permita erradicar los basurales. El Centro cuenta con 16 cámaras de vigilancia, aunque su director, Alejandro Tessadri, aseguró que para fin de mes tendrán 32. El mecanismo permite detectar infracciones para su posterior sanción, en especial en el caso de los vehículos, cuando se logra captar en imagen las matrículas.

Tessadri contó que los basurales se concentran especialmente en la periferia del departamento, donde disminuye la trama urbana y aumentan los terrenos baldíos y descampados. Es por esto que el Municipio F, que abarca barrios como Maroñas y Piedras Blancas, es el que más basurales acumula en su territorio: 57. Lo siguen el Municipio D —Marconi, Las Acacias— con 46; el A —Nuevo París, La Teja— con 44; el municipio G —con barrios como Peñarol y Sayago— con 24 y, por último, el E —Malvín Norte, Carrasco Norte— con 14.

Las cifras no son estáticas y es necesario remontarse a publicaciones anteriores para observar la evolución de los basurales endémicos. En una nota del diario El País de octubre de 2016, la Intendencia contabilizó 134 basurales; un año después, 135 según datos brindados por la comuna para un informe publicado en el suplemento Qué Pasa; casi un año más tarde, en una nota de Telenoche se indicó que habían 181.

Hoy hay 185, según aseguró el Centro de Monitoreo a In Situ. Es decir que, con la referencia de cualquiera de las cifras anteriores, el número de los basurales endémicos ha crecido en los últimos años.

Sin embargo, Tessadri dijo no creer que hayan aumentado. Consultado por In Situ, el funcionario fue escéptico ante las cifras dadas por otras publicaciones. Argumentó que desde la década de 1990 los números descienden, pasando de miles a los 185 actuales. “Hemos bajado la cantidad de basurales endémicos”, afirmó.

El Municipio B es el único con sistema de contenedores diferenciados para residuos: se distinguen los desechos secos y húmedos, y los reciclables y mezclados. Es, además, el único en donde la recolección está tercerizada, llevada a cabo por la empresa CAP. En el resto de los municipios, está el sistema de contenedores verdes y el servicio de vaciado es llevado a cabo por la IM. La comuna dispone de 52 camiones para la recolección de residuos, de los cuales sale una flota de 27 por turno —en la mañana, de tarde y en la noche—.

Basura amontonada vs. basural endémico

Los muros de la planta de UTE, situada en Instrucciones a la altura del barrio Casavalle, están cubiertos de grafitis. La vereda está tapada de basura y restos ennegrecidos de una poda quemada. Los perros juguetean entre las bolsas y los residuos. A pesar de la cantidad de desechos acumulados, este no es un basural endémico.

Tanto Reyes como Tessadri señalaron que no cualquier concentración de basura es registrada como un basural por la Intendencia. Lo endémico es todo aquello que “se está reproduciendo”, declaró Tessadri: se limpia y vuelve a reproducirse. Otras acumulaciones de basura pueden tratarse de basurales casuales. Un ejemplo es la concentración de escombros en un sector dado tras la demolición de un edificio. También son un ejemplo los contenedores desbordados, que comienzan a congregar basura a su alrededor. Según explicó Reyes, los contenedores están pensados para aguantar un máximo de tres días sin ser vaciados. Cuando la recolección no está al día, se dan estas situaciones.

Según el director del Centro de Monitoreo, los otros casos de acumulación de basura son por causa de la “inconducta de la gente”. La IM cambia de lugar a los contenedores cada tres años, para que no siempre un mismo vecino tenga al contenedor “frente a la puerta de su casa”. Tessadri contó que es frecuente que la basura se acumule en puntos donde antes hubo contenedores; a pesar de haber sido relocalizados, suele suceder que la gente siga tirando su basura en el mismo punto.

Foto: Diego Feldman y Ramiro Pisabarro

¿Falta de contenedores?

El amplio predio está situado en pleno barrio Casavalle, enmarcado por Instrucciones y Domingo Arena. Es un terreno baldío por cuyos pastos disparejos discurre un improvisado sendero hacia Camino Durán. Puede verse la humareda que levanta un pequeño montón de basura quemada en el centro del terreno. “Hoy encontraron el barrio limpio porque hace poco tuvimos la visita de Daniel Martínez”, dijo Alejandro, referente del colectivo vecinal Casavalle De Pie. De otro modo, aseguró, el sitio estaría mucho más sucio. Para él las cosas se hacen solo cuando tienen visibilidad.

El activista está convencido que los problemas de basura en su barrio son por una mala gestión. Sostuvo que “la sanción social sería muy grande” si un escenario semejante estuviera en 18 de Julio y Ejido. Para Alejandro no hay suficientes contenedores; cree que varios vecinos están obligados a caminar muchas cuadras para encontrar uno, él mismo dice llevar su basura en auto hasta el Prado. La otra opción es tirarla donde no está permitido.

Mientras tanto, un joven camina casi medio kilómetro por San Martín con dos bolsas de basura hasta que llega al contenedor más cercano.

Según Reyes, la IM dispone de 11.500 contenedores a lo largo y ancho del departamento. La vocera explicó que hay dos criterios para su distribución: la densidad de población y las condiciones de las calles.

El primero conlleva a una gran concentración en las zonas céntricas; cuanto menos urbano el territorio, cuanto más periférico y más rural, menos son los contenedores. Reyes manifestó que en estas zonas son más comunes los terrenos baldíos y mayor, por ende, la cantidad de basurales.

El segundo busca asegurar el fácil acceso para los camiones de recolección. Reyes explicó que los asentamientos irregulares a menudo presentan calles que no permiten la fácil circulación. En estos casos, la recolección es a mano: el trabajador entra a pie y lleva la basura hasta el camión. En algunos barrios la recolección es hecha por organizaciones sociales en convenio con la Intendencia.

¿Responsabilidad de comercios y empresas?

“En los basurales endémicos hay mucho material de construcción, residuos de jardinería y de comercios; son tres grandes fuentes de residuos que deberían ir a Felipe Cardoso”, contó Reyes. Consultada sobre por qué los basurales vuelven a emerger una vez que son limpiados, la vocera de la División Limpieza manejó como hipótesis los costos a pagar y los trámites a los que se enfrentan comerciantes y empresarios.

A la hora de gestionar residuos, la IM distingue entre domiciliarios —aquellos desechos generados en el hogar— y no domiciliarios —basura generada por la actividad de empresas, comercios, obras de construcción, actividades de jardinería y poda, incluso animales muertos—.

Este tipo de basura no puede ser arrojada a los contenedores, reservados para la disposición de desechos producidos en los hogares. Necesita procedimientos especiales.

El artículo 11 de la Resolución 5055/11 señala que toda empresa, que en su actividad genere basura, deberá formular un Plan de Gestión de Residuos Sólidos (PGRS) y presentarlo a la Intendencia. Allí debe incluir el manejo interno, el transporte y la disposición final de los desechos.

El servicio de transporte de residuos al que accedan las empresas podrá ser público o privado. Si optan por lo segundo, disponen de 158 emprendimientos transportistas registrados. Las empresas también pueden ser sus propias transportistas, aunque para ello deben registrarse mediante un trámite que tiene como costo un timbre profesional —$180—. Reyes contó que incluso hay ex clasificadores que se compraron “un camioncito” y tienen un negocio montado a partir de la recolección de residuos.

Las tarifas cobradas por los transportistas varían según el volumen de basura y la frecuencia de los viajes, explicó un funcionario de la empresa de recolección Bimsa SA a In Situ.

Para el transporte, las empresas deben cumplir con las normativas necesarias: el registro como transportista, contar con cajas cerradas para impedir la dispersión de desechos durante el traslado. La normativa departamental sugiere que se cuente con mecanismos de fácil descarga para que intervengan la menor cantidad de operadores posible y haya el menor contacto posible con la basura.

En el caso público, la Intendencia presta el Servicio Especial de Transporte de Residuos. Allí se entrega a los comercios y negocios dos tipos de contenedores: uno de 250 litros de capacidad y otro de 800 litros. Cada vaciado cuesta 0,25 UR —$292 según valores actuales— para el primero y 0,80 UR —$934— para el segundo. Por ejemplo, si un supermercado requiere del servicio de recolección del contenedor más grande dos veces por semana, gastará $8.406 por mes solamente en el transporte de la basura.

En Montevideo hay diversos destinos para los residuos: una planta para el tratamiento de desechos orgánicos, una para el tratamiento de residuos hospitalarios, otra para industriales denominados “peligrosos”, plantas para el tratamiento de despojos reciclables. La mayor cantidad de basura montevideana acaba en el Sitio de Disposición Final de Residuos (SDFR), mejor conocido como Usina Felipe Cardoso. Para que los residuos de un comercio o empresa ingresen al SDFR, esta deberá pagar 1 UR —$1.168— como mínimo. El precio se duplica por cada tonelada de basura generada. Quiere decir que si una constructora genera 20 toneladas de escombros en una obra, deberá pagar $23.360 solo para poder tirarla en Felipe Cardoso. Esto sin contar lo que gaste en transporte. Tirar la basura en otro lado sería ilegal y podría ser multada hasta por 350 UR —$408.800— si lo hace.

Foto: Diego Feldman y Ramiro Pisabarro

Vivir de la basura

Marcelo Correa tiene 40 años y desde 2018 vive en una casa construida por el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (MVOTMA). En el frente tiene estacionado el carro que, durante el día, tira su caballo por las calles montevideanas. Correa vivió toda su vida de la clasificación de residuos, desde que residía en el asentamiento Isla de Gaspar hasta ahora.

Por lo que hay mayor demanda, contó, es por el papel y el cartón. El papel blanco paga mejor que el de color —$5 a $1 por el kilo—. Por el plástico cobra $2,5 por kilo y, sin lugar a dudas, los metales son lo más rentable: “de $50 para arriba”.

Una cuadra más adelante vive Mari Santana, quien compra lo recolectado por sus vecinos. Paga $3 por el kilo de papel blanco, $3 por cada botella. Los metales son lo más valioso, en especial el cobre, por el que se pagan $80 por kilo. Santana cuenta que da $8 por el kilo de aluminio, $10 por las baterías, $15 por el plomo y $50 por el bronce.

Los vecinos de la zona son exresidentes del asentamiento Isla de Gaspar, relocalizados por el MVOTMA a este punto cercano al barrio Flor de Maroñas. Muchos viven de la clasificación y agrupan cada tipo de residuo en bolsas distintas. El Movimiento Tacurú está desde hace meses construyendo caballerizas en el fondo de las viviendas, para que los caballos puedan estar resguardados. Mientras tanto, varios descansan en el descampado de enfrente.

Según cuentan los vecinos, todas las semanas pasa un camión que compra los residuos que apilan de su actividad diaria.

Los basurales endémicos pueden suponer una fuente de negocios. Para Alejandro, del colectivo Casavalle De Pie, los clasificadores también contribuyen al crecimiento de los basurales —aunque reconoce que hoy en día son “pocos”—.

Problemas de salud

Ciento ochenta y cinco basurales endémicos se encuentran en las zonas periféricas de Montevideo. Según la doctora especialista en toxicología Amalia Laborde, directora del Departamento de Toxicología de la Facultad de Medicina de la Udelar, “los estudios muestran que vivir en el entorno de basurales ya es un riesgo para la salud desde múltiples perspectivas”.

La plombemia es una de las problemáticas sobre la mesa cuando se habla de convivencia con la basura. Si bien el término refiere a la cantidad de plomo en sangre, tiende a ser usado para designar una enfermedad, explicó Laborde. Una gran cantidad de plomo (u otros metales) en sangre puede tener efectos en el desarrollo neuronal de las personas. La toxicóloga afirmó que “el plomo es llamado un ‘robador de inteligencia’”.

Cuando hablamos de enfermedades o de riesgos para la salud, quienes son altamente vulnerables, a veces más que los adultos, son los niños. En el caso de los metales no se observan necesariamente enfermedades clínicamente detectables, pero sí alteraciones del neurodesarrollo.

Además, Laborde señaló que hay múltiples vías por las que una persona o población puede sufrir enfermedades por culpa del contacto con la basura. “Los casos más cercanos son aquellos vinculados a la quema de chatarra electrónica o a la acumulación de metales para su reciclaje o venta en los hogares”.

Otra fuente de contaminación han sido los “terrenos rellenados con basura de la población y también con residuos del área industrial”, dijo Laborde. Agregó que “esos terrenos, en donde se construyeron casas precarias con suelos no recubiertos y pisos de tierra, generaron que la población se expusiera a residuos químicos”.

Laborde habló también sobre la falta de diagnósticos vinculados a la cantidad de plomo en sangre y que se terminan asociando con la “falta de hierro u otras enfermedades que ya conocíamos”. Añadió que “eso puede hacer que para la población el plomo sea menos perceptible como un riesgo”. La toxicóloga dijo que los niños comienzan a tener problemas clínicamente detectables, a medida que aumenta el nivel de plomo en sangre. El riesgo radica en que no se detecte que la afección está vinculada al plomo; es decir, que se pase por alto la causa de los daños.

Diego Feldman

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Montevideo, 1998. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Amante de los deportes, la música y la cultura, decidió estudiar periodismo en 2017. Actualmente trabaja en Barraca Paraná como cocreador de contenidos digitales y administrador de comunicación externa.

Ramiro Pisabarro

Ramiro Pisabarro

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Montevideo, 1999. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Cautivado por temas sociales e interesado en la escritura, decidió estudiar para ser periodista. Participa en el programa Vale la pena, cedido por Radio Oriental a jóvenes salesianos. También integra el equipo de redacción del Boletín Salesiano, realizando entrevistas a personajes vinculados al ámbito.

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