Una historia de Cuba directo a Uruguay

Vinieron desde Ciego de Ávila, en Cuba. Pasaron seis días atravesando montes, selva, caminos de tierra y ríos. Con hambre, sed y con 1.500 dólares que se terminaron como agua.

Fecha: 25/06/2018
Autor: Joaquín Symonds

Primero fue Guyana, desde allí se encaminaron hacia una ciudad de Brasil que no recuerdan cómo se llama. Luego un vuelo directo a San Pablo y otro a Porto Alegre.

Cuando entramos en San Pablo, supimos que estábamos más seguros. Ya nadie nos iba a matar.

Ricardo hace este comentario aliviado mientras mira a su esposa Marta. Como ejemplo de esto y una manera de entender más, la película Techo, de Patricia Ramos, ilustra los desafíos que pasan quienes deciden irse de Cuba; además de ser un film que marcó mucho a los entrevistados.

Ya en tierra uruguaya, en Rivera, y anonadados por los ómnibus doble piso, esperaron el día durmiendo en un banco; “hasta que por fin nos subimos a la guagua, bueno, al ómnibus como dicen ustedes”, señaló Marta.

Llegaron a Montevideo porque un conocido les comentó que ese era un lugar más o menos aceptable para vivir. Ricardo y Marta son casados. Hace casi 10 años se conocieron mientras terminaban sus estudios como comunicadores sociales pero la realidad en Cuba hizo que nunca ejercieran su profesión. Ricardo colocaba aires acondicionados y los reparaba, mientras que Marta hacía manos y pies.

Cada uno ganaba 12 dólares al mes; una botella de aceite en Cuba sale 2. Quizá no se vinieron porque Montevideo es mejor o porque acá el salario es mayor. Quizá decidieron irse de Ciego de Ávila porque cualquier lugar puede ser mejor para un cubano promedio.

 —¿Y a qué se dedican ahora?

—Plantamos y cosechamos manzanas para un empresa de Pando —dice Ricardo y esboza una sonrisa que lo hace parecer una persona feliz.

Cuando llegaron a Montevideo no tenían nada, ni comida, ni techo y mucho menos dinero. Cuentan que una persona les prestó 100 pesos para poder tomar un ómnibus. El primer destino fue una casa donde estaban otros cubanos, allí durmieron con seis personas más en una habitación muy pequeña. Al otro día, y sin pensarlo, salieron en busca de un lugar más cómodo y privado. En casi todos los lugares la respuesta era la misma, para hacerse de una habitación necesitaban pagar por adelantado; un techo parecía algo inalcanzable. Pero la vida, el destino, Dios o en lo que cada uno crea, les jugó una buena pasada y el dueño de la pensión, ubicada en Zelmar Michellini y Maldonado, les hizo un lugar.

Aquí no estamos viviendo, sobrevivimos.

Ricardo muestra las manchas de humedad de la habitación y se encoge de hombros con un poco de vergüenza. De su país natal extrañan a la familia y nada más, de igual manera hay costumbres, como la música, que hacen recordar momentos y personas de Ciego de Ávila. No saben qué les tiene preparado la vida, pero en sus mentes la posibilidad de regresar es nula. Aun así, Ricardo sigue mirando los partidos del equipo de fútbol de sus amores, el Ciego de Ávila F.C.

En el lugar hay cubanos, dominicanos y venezolanos. Allí es más fácil encontrar a un extranjero que un uruguayo, incluso quien atiende la pensión es venezolano porque el dueño no está nunca. Llegaron en busca de algo que aún no han encontrado: un trabajo bien pago. Pero Ricardo y Marta no quejan de Uruguay, es más, cuando hablan del pequeño país de tres millones de habitantes se les iluminan los ojos, transmiten una esperanza única. La inmensidad capitalina, en comparación con la tranquilidad y pequeñez de su ciudad de origen, es algo que aún, después de tres meses, les sigue pareciendo fascinante. En la mesa de la habitación hay dos flautas de pan y una cafetera amarillenta de tanto uso. Una cama de dos plazas, bolsos en el suelo y un pequeño frigobar, que también hace de mesa de luz.

Mientras los uruguayos se quejan de los ómnibus llenos, para ellos las guaguas están muy bien en relación con los viejos y llenos autobuses que se ven circulando por las calles cubanas. Para Ricardo y Marta, ser cubano es nacer ya con algún problema, es por eso que todo se lo toman liviano, creen que todo tiene una solución pero que se debe buscarla.

Cuentan que establecer contacto con la familia es muy difícil porque la velocidad de conexión allá es casi nula, sin embargo aquí disponen de wifi. “Nuestros amigos y familiares pasan todo el tiempo diciendo ´no se ve nada´ ´no se escucha nada´”, comenta Marta. Y de esta manera, la única hora por día que pueden hablar con sus seres queridos, se les escapa como granos de arena entre las manos.

En Cuba existe una “libreta de alimentos”, donde se racionan los alimentos por persona. Para acceder, siempre hay una larga fila porque es el único momento donde aquellos que tienen menos dinero pueden permitirse la comida y los elementos que la libreta incluye. En esta misma línea, ambos han quedado sorprendidos de la variedad de productos que poseen los comercios montevideanos, variedad en materia de calidad y precio. Una de las costumbres uruguayas que ya la consideran propia es comer asado, aunque opinan que el precio es demasiado elevado y esto lleva a que las veces que vieron “carne en la parrilla” se pueda contar con los dedos de una mano. Y si se habla de costumbres y cosas “bien uruguayas”, la mente de estas dos personas no puede dejar de mencionar a Luis Suárez. Creen que él será el próximo gran “prócer de la tierra uruguaya”, dicen entre risas. 

No todo es color de rosas. Uno de los miedos que más los persigue es el frío. Ninguno tiene abrigos acordes a las temperaturas invernales que existen en Uruguay y muchos menos disponen de dinero para comprar. Además, hace casi tres meses que están en Uruguay  y aún no tienen los papeles para acceder a un trabajo de manera legal, a pesar de que ya lo solicitaron. Pasaron la frontera y el Estado uruguayo decidió etiquetarlos como refugiados pero afirmaron que nunca recibieron ningún apoyo o contacto estatal de algún tipo.

El salario de un médico en Cuba es de 50 dólares. Expertos afirman que la pirámide social está invertida; los profesionales son los que reciben la remuneración más baja y aquellos que se dedican a los negocios legales e ilegales son quienes obtienen una posición económica superior al resto. Para poder estar dos noches en un hotel, el cubano promedio debe ahorrar durante un año, cuando cuentan esto sus ojos se llenan de lágrimas y Ricardo le toca la pierna a Marta, levantan la cabeza y se disponen a continuar con la entrevista. 

Cualquier persona que ingrese a Cuba con más de 1000 dólares “es un rey”, porque puede acceder a los mejores y más caros productos y servicios que se ofrecen en el país. 

Ricardo cuenta que la vida en Ciego de Ávila es una rutina: “trabajás, te quejás y te das cuenta de que no te da el dinero”, dice mientras apenas muestra los dientes. El problema está en que muchos no se animan a migrar, por miedos o por falta de dinero. Este último factor es cuenta corriente en la vida de la pareja cubana.

Ellos nunca quisieron emigrar a otro lugar que no fuese Uruguay. Afirman haber tenido la oportunidad de ir a Estados Unidos pero les parece demasiado arriesgado, dada las medidas que se han implementado para cesar el flujo de extranjeros.

Uruguay es un buen país. Nosotros no hemos tenido la oportunidad de trabajar en lo que nos gusta o en lo que sabemos.

“Mira mi mano, toda hinchada porque yo nunca trabajé en el campo”, señala Ricardo con pena. Sus manos son grandes y están renegridas de trabajar la tierra pero es un color que ya estaba en esas manos, la diferencia es que antes era la grasa y los aceites de los aires acondicionados cubanos. Marta se mantuvo callada durante largo rato, intervenía para afirmar algo que decía su marido o para ofrecer café. Ya casi en el final de la entrevista, ofrecieron las manzanas que ellos mismos habían cosechado: “es el orgullo que tenemos ahora, estas manzanas nos traen el dinero con el que sobrevivimos día a día”. 


Los nombres de los protagonistas nos son verídicos, debido a que pidieron mantener sus identidades reservadas.

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Joaquín Symonds

twitter.com/joaquinsymonds

Montevideo, 1997. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Amante de contar historias, desde los 10 años ya sabía que el camino a seguir era el del periodismo. Una vez culminada la etapa académica preuniversitaria, se inscribió en ORT para seguir su sueño. Actualmente trabaja en el diario El Observador, además de tener experiencia en radio y medios gráficos.