Un día con un trabajador rural

Llueva, truene o haga frío polar, cada uno de los más de 150.000 trabajadores agropecuarios que hay en el país tendrá que salir a cumplir con su jornada laboral.

Fecha: 12/09/2019
Autor: Santiago Vanoli

Paso de La Cadena, Canelones. Son un poco más de las 6 de la mañana del 9 de julio y hay un frío intolerable. Chifla la caldera. Javier Caubet apaga la hornalla y llena el termo de agua hirviendo. Ni un poco de agua fría. Se sienta en la mesa y comienza a cebar mate.

Andrea Silveira, su esposa, se levanta más enérgica y rezonga porque aún no ha prendido la estufa. Luego prepara el desayuno: una taza de café con leche de cabra para cada uno. En la casa tienen cuatro cabras de ordeño porque Joaquín, el más chico de sus tres hijos, es intolerante a la lactosa. Por la ventana se ve una de ellas, atada, parada encima del pasto helado, blanco, como esperando que salga el sol y la caliente un poco. Hoy no toca ordeñar porque la única cabra que está dando leche está terminando el período de lactancia.

De un momento a otro, Caubet ya se tomó casi diez mates, y desayuna pegado al tímido fuego de la estufa mientras se calza unas botas de goma, como tomando coraje para empezar la gélida jornada. Según el Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet), se está saliendo de la semana más fría del año, que tuvo su punto prominente la madrugada del pasado domingo, con 5 grados bajo cero en algunos puntos del país y con sensaciones térmicas aún más bajas, principalmente en las zonas sur y este.

Unos minutos pasan de las 6:30 y el celular marca dos grados. Afuera el pasto está teñido de blanco. “Por lo menos no hay viento”, dice Caubet mirando la copa de unos pinos. Hay frío, pero podría ser peor. Prende el auto y deja calentando el motor mientras va a destapar un limonero y un tangerino que tiene para consumo propio. Emprende viaje por la ruta 64 y luego la 81 hacia otro predio, donde está la casa de su hermano y unos galpones que usa como depósito. Allí va a empezar la jornada.

Lo espera Gerardo Cabrera, teóricamente su peón, pero como es el único se puede decir que es su compañero del día a día en el campo. Cabrera tiene 51 años, vive en La Cadena desde los cinco y trabaja para Caubet hace más de 20. Hoy son tres para trabajar porque, para sorpresa del patrón, también está su hermano Eduardo, que es ingeniero agrónomo y, en general, debido a sus distintos trabajos en el interior más profundo del país, no suele estar en La Cadena.

Los hermanos se dirigen a un galponcito repleto de ajos recién cosechados. El negocio principal de Caubet, hoy en día, es el ciclo completo de la ganadería: cría, invernadero y venta de animales vacunos. Sin embargo, en este predio también tiene plantaciones de ajo, y ahora están en época de cosecha. En el galpón solo hay ajos, cajones, y ajos en cajones. Lo primero que hace al entrar es enchufar unos cables que hay colgando del techo para prender una lamparita y una pequeña radio forrada con un nailon viejo. Mientras se escuchan las noticias por el periodístico mañanero de un reconocido medio ubicado en el centro de Montevideo, se sienta a apartar ajos.

Antes plantábamos boniato y papa, pero nos fuimos quedando sin mano de obra. Ya no hay casi gente que contratar en el campo, por eso ahora nos dedicamos a la ganadería y a plantaciones como esta, que la podemos manejar nosotros.

La Asociación Rural del Uruguay, en su informe agroeconómico anual del 2018, hizo hincapié en este problema: desde octubre del 2014 hasta octubre del 2018 hubo una pérdida de 50.000 empleos rurales.

Pasadas las siete ya amaneció y el hielo, que parecía estar impregnado en el césped, poco a poco va desapareciendo. Se asoma el sol entre alguna nube y ahora el celular marca cinco grados. La siguiente tarea del día es darle de comer a las vaquillonas. En el invierno hay poca comida natural: la helada, el frío y las lluvias no dejan crecer el pasto, por eso se guarda comida para estas épocas. Caubet pincha un fardo y les acerca alimento a los animales. En este campo son unas 20 vaquillonas, más o menos. “Teóricamente, si hay un animal por hectárea sobreviven sin suplementos, pero se tienen muchos más”, dice. Él tiene 200 hectáreas de campo, entre 100 propias y 100 arrendadas, y más de 300 animales: alrededor de 120 vacas de cría, 50 novillos, 40 vaquillonas, más de 100 terneros (machos y hembras), siete toros, nueve caballos, cinco ovejas y las cuatro cabras que tiene en el predio de su casa.

Según datos que proporciona el Instituto Nacional de Carnes (INAC), existen más de 57.000 establecimientos de ganadería en el país y, de acuerdo al anuario 2018 del Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, hay más de nueve millones de cabezas de vacunos explotadas para ganadería, y más de un millón y medio para explotación agrícola-ganadera. En total, entre toros, vacas de cría, vaquillonas, novillos y terneros, hay casi 12 millones de cabezas de vacunos. Además, hay más de 15 millones de hectáreas destinadas a la ganadería y, de ellas, casi tres millones y medio son destinadas al ciclo completo, como el caso de Caubet. Respecto a los animales por departamento, el anuario también revela que Canelones es el tercer departamento con menos cabezas de vacuno con 288.000, por encima de Maldonado, con 250.000, y Montevideo, con 3.000.

En el correr de dos días, Caubet debe pasar por cada una de sus 200 hectáreas de campo para controlar a cada uno de sus más de 300 animales.

Luego de darle de comer a los primeros 20, la jornada sigue y el frío no se va. Caubet se calza otra vez los guantes, se tapa la nariz con la bufanda y arranca en su camión hacia el siguiente predio. “Los días de frío son duros, pero el tipo de campo tiene que aguantar todos los climas”, dice mientras aparca el camión, remarcando que el cuidado de animales o de cultivos no admite descanso, más aún con condiciones climáticas inestables, como extensas sequías o lluvias, calor abrumador o frío polar.

En un día se te muere un bicho, se te estropean las plantaciones, te roban… No te podés dar el lujo de tomarte un día libre. En todo caso alguien tiene que ir por vos.

En este predio hay más vaquillonas que en primero y un caballo. Están varias cuadras campo adentro, también parece ser un área más grande. En este caso, en lugar de darles fardo, hay que mudar el rebaño, que consiste en moverlas a una zona de pradera donde aún no hayan comido. El lugar parece un campo minado, un paso en falso y la bosta se cuela hasta por las botas de goma. “Es peor cuando llueve”, grita Caubet, mientras camina unos 100 metros más del lugar de las vaquillonas. Desentierra una estaca que sostiene el eléctrico y lo aleja unos 10 metros. La línea divisoria entre el pasto comido y el nuevo es similar a las rayas del césped de una cancha de fútbol. Cuando desentierra la segunda estaca, el rebaño entero de vaquillonas viene corriendo a comer. Siguiendo con las analogías, es como cuando un perro escucha el sonido de un plato. Y así corre las estacas, una por una, a lo largo de unos 200 metros de campo.

Son casi la una de la tarde y a punto de ir a almorzar, después de haber recorrido dos predios más y alimentar a casi 80 animales en la mañana, Caubet recibe una llamada y dirige el camión otra vez al predio del depósito. Es un vecino que le acaba de comprar una vaquillona. Parece que ya la tenía elegida, es la más grande de este rebaño, marrón con una mancha blanca en la panza. Fácil de identificar. Llegó el momento más agitado del día y, por qué no, el más divertido: atrapar a la vaca. Caubet agarra un poco de fardo y abre una portera. Otra vez, como el perro con el sonido del plato, las vacas enseguida advierten que el dueño les va a dar de comer y corren directo a la trampa. Todas pasan la portera. Ahora hay que sacar a las demás y dejar a la elegida. Pone un poco de fardo del otro lado de la portera y empieza la cacería. Van pasando de a una y se acerca la más grande. Caubet corre y la vaca retrocede. Seguramente es la primera vez que corre en el día. Tiene la brillante idea de retener a dos, porque vio a otra con una posible diarrea y hay que darle antibióticos. Caubet corre de un lado a otro de la portera mientras siguen pasando vacas a su lado. Al final quedan tres: la grande, la enferma y una acompañante. Así que misión cumplida. El celular sigue marcando cinco grados, pero la sensación térmica seguro subió.

Santiago Vanoli

twitter.com/santiagovanoli

Canelones, 1996. Estudiante de la Licenciatura en Comunicación orientación Periodismo.

Desde chico vinculado al ámbito del deporte, fanático del fútbol y del ciclismo (practicado durante cinco años), se introdujo en el campo de la comunicación con el objetivo de crecer como periodista para investigar e informar todo lo relacionado al mundo del deporte y las multitudes que mueve.

Le gusta escribir. Trabajó para Radio Canelones 1570am cubriendo fútbol local y ciclismo nacional; también en Línea de 4, de Mediarte, un proyecto de radio online con compañeros de periodismo.